Días después.

Una semana después de que saliera de la casa de Velázquez me hizo llamar y que llevará a mi perro Moisés conmigo. Mis sentimientos eran contradictorios entre mi orgullo y mi afecto. Delante de la puerta me invitó a pasar. Me dió instrucciones de como tenía que colocarme y como debía estar Moisés para poder ser retratados. Todo lo que yo había visto estaba allí en el cuadro de Velázquez, parecía no estar retratándonos sino modificando lo que ya estaba pintado. Ese día volvimos a ver a Nerval,pidiéndome que recitará otra vez los versos, pero no le dí ese gusto. Cuando salía por la puerta me dedicó unas palabras que no llegue a entender. ENTRASTEIS EL ÚLTIMO EN EL CUADRO Y EL ÚLTIMO SALDRÉIS. Miré fijamente el cuadro y me dí cuenta de que algunas cosas las había modificado; mi figura era más infantil y con el pelo más largo. Pero lo que más me llamo la atención era el caballero que estaba al lado de doña Marcela trasformando su rostro con expresión inquietante. Era él, Nerval.

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